12 de julio de 2009


Ayer me dio por evocar mi paraíso perdido. Todo adulto debería tener derecho a poseer uno, algún lugar de la memoria (más que físico o temporal) en el que fuimos realmente felices, donde los recuerdos siempre son un referente de felicidad.

El mío es inevitablemente San Vicente de la Barquera. Allí disfruté de 20 largos veranos, y digo largos no porque se me hicieran así, sino porque eran de tres meses. Creo que hubo años en los que ni siquiera recogí las notas finales en junio, porque ya estaba allí.

Los kilómetros pedaleados por los alrededores, las horas en la playa con mi familia primero y con los amigos después, el windsurf los últimos años, las fiestas, las cenas en la playa. la barca, los perros, son elementos de ese paraíso.

Nota: la foto, por desgracia, no es mía.

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